El borramiento ritual
del cuerpo
Hace dos semanas recaí
en algo que había jurado no volver a hacer: ser escritor a sueldo o,
para ser preciso, historiador a sueldo. Hace un año y medio me
invitaron a participar en un manual de historia del arte, para cierta
editorial que va dirigida a producir libros de texto para
bachillerato. Este libro, por múltiples problemas editoriales (que
son más comunes de lo que yo creía), no ha salido a la luz. Con la
promesa de que este material ya estaría en planchas para estrenarse
en Junio, me dijeron que tenía que redactar un apartado que hacía
falta para que las últimas modificaciones al programa de la
Secretaría de Educación Pública estuvieran cubiertas. Dicho
apartado se trata sobre historia del arte hindú (aclaro que así nos
lo pidió la Editorial).
Aún desconozco porque
me me asignaron escribir ese texto, dicho sea por mi intuición, fue
porque ninguno de los otros autores lo quiso escribir. ¿Qué podría
decir de la historia del arte de un pueblo que no conozco ni en
literatura, que no tengo ningún referente cultural sobre él, que
está tan alejado de mis premisas, prejuicios? ¿Que puedo decir de
la historia del arte del pueblo que ve con más naturalidad el sexo
sin que caiga sobre mi humilde texto el peso de la censura
inquisitorial del sector educativo mexicano, más próximo a la época
colonial que al siglo XXI? ¿Qué se puede escribir sobre una lengua
que por cada 7 consonantes usan 3 vocales? (Aclaraciones: sólo tenía
disponibles 5 cuartillas, con arial 12, con imágenes incluidas y,
que a ser precisos, la historia hindú es una etapa de la historia de
la India; además de que no es sino hasta el colonialismo Británico
que se le puede llamar la India como un ente político unitario, pues
antes estaba compuesto por una gran cantidad de pueblos con origen
étnico, cultural, religioso, político y económico disímil)
Agradezco la tarea, ya
que, además de que me di la divertida de la vida viendo cantidad de
representaciones orgiásticas, entre los escombros de las fichas
regadas por todo el escritorio y ante la autocensura, surgió, no
mejor dicho, emergió el cuerpo. No «un cuerpo», ni «mi cuerpo»,
sino «El Cuerpo». Para los «arios» que poblaron el territorio de
la actual India en el periodo Védico (siglos
XV-VI a.C.), en el Upanishad
(un
texto de filosofía y política), toda la sociedad era parte del
cuerpo de Brahama, que de acuerdo con el sistema de castas, a la
parte del cuerpo que formaban parte correspondía a las
reencarnaciones,
y por lo tanto, a su nivel social: 1) la boca: brahmines
(sacerdotes y políticos), 2) los brazos: chatrías
o Ksatrya
(militares gobernantes), 3) muslos: vaysias
(comerciantes y agricultores) y, 4) los pies: sudrás
(esclavos). De esto surgió la pregunta ¿Desde qué
momento los hombres empezamos a ser la medida de todas las cosas?
En algún momento, en
una charla de café con un amigo "medio" fundamentalista, se me ocurrió
hacer un comentario que, al ver su reacción, confirmó mi teoría:
el problema del cristianismo (en general de la cultura occidental) es
haberle hecho caso al Antiguo testamento cuando afirma que Dios hizo
al hombre a su imagen y semejanza (Gen 1, 26-27); si esto es así, no
me cuesta trabajo pensar en Dios excretando heces fecales y usando
desodorante, y que el séptimo día descansó porque había fútbol.
Ante tal afirmación, este amigo golpeó la mesa con furia y me dijo:
!Apóstata¡ !Hereje¡ Sin embargo, ahora que viene a mientes,
también los judíos consideraban su cuerpo como la medida de todas
las cosas. (En verdad, si a algún religioso fundamentalista le
molestan estos comentarios, les solicito abandonar este blog, el país
y el mundo, que ya deberían estar acostumbrados)
No pienso seguir
haciendo referencias del mundo antiguo sobre la comparación de Dios
y la sociedad como cuerpo humano. Me remitiré en un salto directo al
Siglo XVII. Thomas Hobbes, en un tratado mucho más próximo al
pensamiento predominante-ilustrado-moderno; en el Leviatán, una de
las fuentes y antecedentes de la Ilustración, ve al Estado como una
cuerpo:
En efecto: gracias al arte se
crea ese gran Leviatán que llamamos república o Estado (en latín
civitas) que no es sino un hombre artificial, aunque de mayor
estatura y robustez
que el natural para cuya protección y defensa
fue instituido; y en el cual la soberanía es un alma artificial que
da vida y movimiento al cuerpo entero; los magistrados y otros
funcionarios de la judicatura y ejecución,
nexos artificiales; la
recompensa y el castigo (mediante los cuales cada nexo y cada miembro
vinculado a la
sede de la soberanía es inducido a ejecutar su
deber) son los nervios que hacen lo mismo en el cuerpo
natural; la
riqueza y la abundancia de todos los miembros particulares
constituyen su potencia; la salus
populi (la salvación del pueblo)
son sus negocios; los consejeros, que informan sobre cuantas cosas
precisa
conocer, son la memoria; la equidad y las leyes, una razón
y una voluntad artificiales; la concordia, es la
salud; la sedición,
la enfermedad; la guerra civil, la muerte. Por último, los convenios
mediante los cuales las
partes de este cuerpo político se crean,
combinan y unen entre sí, aseméjanse a aquel fíat, o hagamos al
hombre, pronunciado por Dios en la Creación.
(Thomas Hobbes,
Introducción, Texto Digital)
Con este autor, la
sociedad ya no es el cuerpo de Dios, como en los hindúes, ni el
mismo cuerpo humano, es simplemente «un cuerpo». Es decir, toda la
sociedad forma un, uno, unidad, uniformidad; es decir, tiene una
misma forma, que usa uniforme, se ve de la misma forma.
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Reliquias de Juan de Palafox y Mendoza en Puebla |
No quiero meter palabras
forzadas en Rousseau, ni en los contractualistas del siglo XVIII,
pero de acuerdo a mis reflexiones, una de las obligaciones del
contrato social sería, entonces, renunciar a la propia corporeidad
para integrarse a un cuerpo general, un cuerpo social. Pero ¿cómo
renuncio a mi cuerpo?, primero, renuncio a mi individualidad, después
a mi naturaleza y por último, me hago invisible. Se niega la
individualidad, en el campo de lo social, a partir de la creación
del espacio de lo público. Este espacio público, a través de la
regulación por las reglas morales, permite la sana convivencia entre
las personas (Del lat. persōna, máscara de actor, personaje
teatral, este del etrusco phersu, y este del gr. Πρόσωπον,
prósopon); sin embargo, la contradicción entra en el espacio de los
privado donde casi todo es posible, incluso, el pecado de «ser
natural». Esta moral implica la negación de la individualidad, pero
también, de las características inherentes del ser humano, su
naturaleza: sacarse un moco con el dedo, si lo vemos objetivamente,
es más natural que usar un Kleenex (MR); no usar desodorante es más
natural que pensar si lo prefiero en roll on, aerosol, barra o crema.
El cuerpo del hombre se
revela sucio, pecaminoso, moral, corruptible, insano, licencioso; sin
embargo, no se niega el cuerpo del hombre-individuo: simplemente se
borra, no se ve, se esconde, se debe hacer imperceptible (Le Bretón,
1995). Pero no hago mi cuerpo imperceptible siendo “natural”,
sino tranquilamente podría estar desnudo fuera de un Oxxo en la
ciudad de México a las 12:00 de la noche y pasar desapercibido (me
consta, yo lo vi). El cuerpo se borra a través de «rituales»
(acciones repetitivas colectivamente aceptadas con fines, a veces
ininteligibles); entonces todos los días me peino, de vez en cuando
me corto el cabello, las uñas, me baño, en general, mejoro mi
apariencia; en general, sigo una serie de cánones sociales,
estéticos, religiosos, etc., simplemente para formar parte del
cuerpo social (por eso no se niega el cuerpo, ya que como dije
anteriormente, el cuerpo del hombre sigue siendo la medida de todas
las cosas)

Por lo tanto,
si fuera un poco más barroco, el título de este ensayo sería: “De
como la sociedad lleva al extremo los modelos
ideales-lógico-racionales, generando la epidemia del indiferentismo
del paisaje y del copy & paste
para convertir al individuo en un souvenir”.
(Sobre el indiferentismo ver Esteves, 2009)
Quizá
el problema de la sociedad actual es la des-in-corporación, la falta
de unidad, de uniformidad, el reclamo en contra de la producción en
serie de individuos (que en la
realidad sigue siendo el sueño de los Estado autoritarios, incluso
los democráticamente autoritarios: el soldado universal, el
ciudadano del mundo, la máquina de guerra perfecta). Quizá el
problema contemporáneo es que ninguna de estas instituciones o
corpora-ciones, ni rituales, responden, por lo menos desde hace 60
años a las necesidades de los individuos. Quizá es que al negar
nuestro cuerpo, su naturaleza, negamos el necesario «devenir pornográfico del
cuerpo»... (continuará)
Bibliografía
(en orden de aparición)
Hobbes,
Thomas, El Leviatán, 1651
(cualquier edición, editoral)
La
Sagrada Biblia (Católica), Bogotá, 2000
www.rae.es
Le
Breton, David, Antropología del cuerpo y modernidad,
Buenos Aires, Ediciones Nueva
Visión, 1995
Esteves,
Xerardo, “Paisajes urbanos con-texto y sin-texto”, en Joan Nogué
(ed.), La construcción social del paisaje, Madrid,
Biblioteca Nueva, 2009, pp. 263 – 281